Melinda
Travis se aferró al manubrio de su automóvil, mientras silenciosas lágrimas caían sobre sus mejillas. Sentía como si su verdadero yo se encontrara a kilómetros de distancia y un extraño se hubiera apoderado de su cuerpo, conduciéndolo a cometer tan grave delito. Sacó el revólver de su bolsillo y lo acarició con la mano izquierda, descubriendo así la única solución que podía elegir para escapar de una vida que siempre había estado rodeada de mentiras.
Salió del auto lentamente y volvió la vista hacia la casa que minutos antes había sido de su amada. Por breves momentos se imaginó que nada de lo que sucedía era real y que su prometida no se encontraba muerta en alguna fría habitación de su domicilio. Pero la verdad era demasiado pesada y Travis lo sabía.
Se dirigió tambaleándose al puerto con el arma homicida aún en su mano derecha. Al llegar se sentó en la banca que utilizaba cada mañana para pintar, la misma que lo había llevado a conocer a aquella mujer que tanto había llegado a amar. Miró a su alrededor, y se dio cuenta que un nuevo día de trabajo estaba a punto de comenzar pues leves murmullos se escuchaban por las calles. Era casi increíble que el tiempo no se hubiera detenido, y que la ciudad continuara con su rutina como si nada hubiera sucedido.
- ¡Yo te amaba! - comenzó a gritar, mientras se colocaba al final del camino.- ¡Nunca debiste engañarme! ¡Yo habría dado la vida por ti si fuera necesario! Y ahora, después de todo lo que te di, ¡sólo ha quedado de mí la maldita locura!
Rápidamente, colocó el arma en su sien y la disparó. Los pescadores, asombrados, observaron como el cuerpo ya sin vida del muchacho caía hacia las profundidades de las aguas.
Para Travis, Melinda había sido su perdición.
Salió del auto lentamente y volvió la vista hacia la casa que minutos antes había sido de su amada. Por breves momentos se imaginó que nada de lo que sucedía era real y que su prometida no se encontraba muerta en alguna fría habitación de su domicilio. Pero la verdad era demasiado pesada y Travis lo sabía.
Se dirigió tambaleándose al puerto con el arma homicida aún en su mano derecha. Al llegar se sentó en la banca que utilizaba cada mañana para pintar, la misma que lo había llevado a conocer a aquella mujer que tanto había llegado a amar. Miró a su alrededor, y se dio cuenta que un nuevo día de trabajo estaba a punto de comenzar pues leves murmullos se escuchaban por las calles. Era casi increíble que el tiempo no se hubiera detenido, y que la ciudad continuara con su rutina como si nada hubiera sucedido.
- ¡Yo te amaba! - comenzó a gritar, mientras se colocaba al final del camino.- ¡Nunca debiste engañarme! ¡Yo habría dado la vida por ti si fuera necesario! Y ahora, después de todo lo que te di, ¡sólo ha quedado de mí la maldita locura!
Rápidamente, colocó el arma en su sien y la disparó. Los pescadores, asombrados, observaron como el cuerpo ya sin vida del muchacho caía hacia las profundidades de las aguas.
Para Travis, Melinda había sido su perdición.
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