miércoles, septiembre 21, 2005

Melinda

Travis se aferró al manubrio de su automóvil, mientras silenciosas lágrimas caían sobre sus mejillas. Sentía como si su verdadero yo se encontrara a kilómetros de distancia y un extraño se hubiera apoderado de su cuerpo, conduciéndolo a cometer tan grave delito. Sacó el revólver de su bolsillo y lo acarició con la mano izquierda, descubriendo así la única solución que podía elegir para escapar de una vida que siempre había estado rodeada de mentiras.
Salió del auto lentamente y volvió la vista hacia la casa que minutos antes había sido de su amada. Por breves momentos se imaginó que nada de lo que sucedía era real y que su prometida no se encontraba muerta en alguna fría habitación de su domicilio. Pero la verdad era demasiado pesada y Travis lo sabía.
Se dirigió tambaleándose al puerto con el arma homicida aún en su mano derecha. Al llegar se sentó en la banca que utilizaba cada mañana para pintar, la misma que lo había llevado a conocer a aquella mujer que tanto había llegado a amar. Miró a su alrededor, y se dio cuenta que un nuevo día de trabajo estaba a punto de comenzar pues leves murmullos se escuchaban por las calles. Era casi increíble que el tiempo no se hubiera detenido, y que la ciudad continuara con su rutina como si nada hubiera sucedido.
- ¡Yo te amaba! - comenzó a gritar, mientras se colocaba al final del camino.- ¡Nunca debiste engañarme! ¡Yo habría dado la vida por ti si fuera necesario! Y ahora, después de todo lo que te di, ¡sólo ha quedado de mí la maldita locura!
Rápidamente, colocó el arma en su sien y la disparó. Los pescadores, asombrados, observaron como el cuerpo ya sin vida del muchacho caía hacia las profundidades de las aguas.
Para Travis, Melinda había sido su perdición.


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domingo, septiembre 11, 2005

Cita a ciegas

Ricardo caminaba lentamente, con la mirada fija en el suelo. Pensaba en cómo arreglar aquel problema que había surgido de improviso en la mañana. Sentía vergüenza por haber gritado, pero ya no podía aguantar más. Tenía que soportar cada año a todos los novios o esposos que había tenido su madre en 19 años, pero ésto era la gota que rebalsa el vaso. Su condición humilde no iba a aguantar una persona más. Colocó sus manos en los bolsillos del pantalón, esperando que de aquel pequeño compartimiento saliera una solución. Si Dios quería ayudarlo, que fuera ahora mismo.
Consuelo iba en la dirección contraria a Ricardo. Caminaba con paso enérgico y una sonrisa en los labios. Quería gritar de alegría pues, en unos pocos minutos, estaría cenando con el hombre de sus sueños. Había tenido un gran golpe de suerte esta semana: primero, fueron las excelentes notas en las pruebas; posteriormente, la recuperación de su hermano luego del accidente y, por último, la cena que tantas veces había imaginado.
Cuando ambos jóvenes iban a conocerse, Consuelo entró en el restaurant donde había sido citada.
Comenzó a llover fuertemente en Santiago. Ricardo no podía creer en su mala suerte. 'Creo que me detestas. -pensó, mirando al cielo- No sé en qué momento te ofendí, pero realmente no fue con intención. - Luego dio una patada al suelo y gritó fuertemente - ¡Si lo que deseas es mi alma, sólo tómala!'. En ese mismo instante, un auto pasó cerca del muchacho, mojándolo por completo.
Consuelo miraba impaciente el reloj. El tiempo pasaba y su acompañante no llegaba. 'Quizás se retrasó por la lluvia repentina. O debe tener auto y, por ser la primera lluvia de la temporada, maneja más despacio' - pensó, intentando convencerse para no ver la cruel realidad: la habían dejado plantada, en medio de un salón donde los enamorados se comían a besos.
Ricardo entró en el restaurant, intentando escapar de la lluvia. Pero surgió un pequeño problema: no tenía dinero para pagar una comida. Lentamente un maitre se acercó y le preguntó:
- Caballero, ¿Tiene una reservación? - Su sonrisa era tan cínica, que al joven le dio ganas de vomitar.
Con un movimiento de su cabeza le dijo que no. Su cara cambió rápidamente, y lo miró con aire despectivo.
- Joven - 'ya no soy caballero', pensó- haga el favor de retirarse. Este restaurant es tan sólo para personas que piden comida.
Cuando iba a sacar su educación de barrio, una joven adinerada lo defendió.
- No se preocupe -dijo Consuelo serena y amable- él viene conmigo. Es mi cita.
Se adelantó, le dio un beso en la boca y lo llevó de la mano a una mesa alumbrada por velas. Ricardo quedó mudo de la sorpresa y de la belleza de la desconocida.
- Hola, soy Consuelo. Tenía una cita, pero el desgraciado no vino. Ni siquiera se tomó la molestia de avisar.- Se notaba odio en la voz- Finge que me amas con locura.
Ricardo tomó su mano y la miró embelesado. Conversaron y rieron, como si fueran amigos que se reencuentran después de largo tiempo de separación.
Tiempo después, Ricardo no tuvo que fingir que amaba a Consuelo.

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Sobredosis


Crucé el jardín de la casa con paso lento, intentando aspirar todos los olores de aquellas flores que me habían acompañado en mi ñiñez. Agarré un puñado de tierra, la cual se encontraba recién mojada. La acerqué a mi cara, mientras que las lágrimas resbalaban por mis mejillas. Aquel aroma tan peculiar me traía tantos recuerdos...
Mi madre cuidaba y le tenía cariño a ese patio, quizás más amor que el que sentía por nosotros. La única forma de poder estar con ella, era cuando se dedicaba a las faenas del jardín.
- Las plantas son como bebés -me dijo, mientras acariciaba las hojas de un gomero- hay que hablarles para que crezcan sanas y fuertes. Además, en un momento dado, te devuelven todo el cuidado que le haz dedicado con una hermosa flor que te ilumina el día.- Luego de decirme esto, me abrazó. Fue breve y algo impersonal, el único gesto de afecto que recuerdo de ella.
Tiré la tierra bruscamente y entré en mi hogar. Miré a mi alrededor, pensando que ésta sería la última vez. Subí las escaleras mientras me quitaba la polera y la arrojaba al primer piso.
- Nadie me recordará - pensé, mientras entraba al baño y llenaba la tina de agua fría- Para los que me rodean, no soy nadie.
Me desnudé lentamente, dejando la ropa detrás de mi. Hundí mi cuerpo en el agua, dejando tan solo la cabeza afuera. Inhalé profundamente, quizás por última vez y me sumergí. En ese instante, algo vino a mi mente...
De pronto, me di cuenta que me ahogaba en aquel frío baño. El agua congelada eran como apuñaladas que recibían mis pulmones. No quería morir de esa forma. Intenté salir para poder respirar, pero
mi cuerpo no me respondía.
Estiré la mano, intentando que otra inexistente me jalara y sacara de todo aquello. Alguien se metió bruscamente en la bañera y em atrajo hacia si. Cuando salí, comenzé a respirar entrecortadamente. Una mano, acariciaba mi nuca.
- Tranquilito, ya todo esta bien. -Leo comenzó a frotarme los hombros para
calentarme.- Yo te cuidaré.
Me entregué a sus brazos. Era un sobreviviente, uno de pocos; había sufrido una sobredosis y pude contarlo.

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