domingo, septiembre 11, 2005

Cita a ciegas

Ricardo caminaba lentamente, con la mirada fija en el suelo. Pensaba en cómo arreglar aquel problema que había surgido de improviso en la mañana. Sentía vergüenza por haber gritado, pero ya no podía aguantar más. Tenía que soportar cada año a todos los novios o esposos que había tenido su madre en 19 años, pero ésto era la gota que rebalsa el vaso. Su condición humilde no iba a aguantar una persona más. Colocó sus manos en los bolsillos del pantalón, esperando que de aquel pequeño compartimiento saliera una solución. Si Dios quería ayudarlo, que fuera ahora mismo.
Consuelo iba en la dirección contraria a Ricardo. Caminaba con paso enérgico y una sonrisa en los labios. Quería gritar de alegría pues, en unos pocos minutos, estaría cenando con el hombre de sus sueños. Había tenido un gran golpe de suerte esta semana: primero, fueron las excelentes notas en las pruebas; posteriormente, la recuperación de su hermano luego del accidente y, por último, la cena que tantas veces había imaginado.
Cuando ambos jóvenes iban a conocerse, Consuelo entró en el restaurant donde había sido citada.
Comenzó a llover fuertemente en Santiago. Ricardo no podía creer en su mala suerte. 'Creo que me detestas. -pensó, mirando al cielo- No sé en qué momento te ofendí, pero realmente no fue con intención. - Luego dio una patada al suelo y gritó fuertemente - ¡Si lo que deseas es mi alma, sólo tómala!'. En ese mismo instante, un auto pasó cerca del muchacho, mojándolo por completo.
Consuelo miraba impaciente el reloj. El tiempo pasaba y su acompañante no llegaba. 'Quizás se retrasó por la lluvia repentina. O debe tener auto y, por ser la primera lluvia de la temporada, maneja más despacio' - pensó, intentando convencerse para no ver la cruel realidad: la habían dejado plantada, en medio de un salón donde los enamorados se comían a besos.
Ricardo entró en el restaurant, intentando escapar de la lluvia. Pero surgió un pequeño problema: no tenía dinero para pagar una comida. Lentamente un maitre se acercó y le preguntó:
- Caballero, ¿Tiene una reservación? - Su sonrisa era tan cínica, que al joven le dio ganas de vomitar.
Con un movimiento de su cabeza le dijo que no. Su cara cambió rápidamente, y lo miró con aire despectivo.
- Joven - 'ya no soy caballero', pensó- haga el favor de retirarse. Este restaurant es tan sólo para personas que piden comida.
Cuando iba a sacar su educación de barrio, una joven adinerada lo defendió.
- No se preocupe -dijo Consuelo serena y amable- él viene conmigo. Es mi cita.
Se adelantó, le dio un beso en la boca y lo llevó de la mano a una mesa alumbrada por velas. Ricardo quedó mudo de la sorpresa y de la belleza de la desconocida.
- Hola, soy Consuelo. Tenía una cita, pero el desgraciado no vino. Ni siquiera se tomó la molestia de avisar.- Se notaba odio en la voz- Finge que me amas con locura.
Ricardo tomó su mano y la miró embelesado. Conversaron y rieron, como si fueran amigos que se reencuentran después de largo tiempo de separación.
Tiempo después, Ricardo no tuvo que fingir que amaba a Consuelo.

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1 Comments:

Blogger Joanna Tardio Bassaletti said...

Creo que este cuento es particularmente dulce. Es más, me atrevería a decir que es el cuento más tierno que has escrito. Encuentro espectacular el uso que haces de los relatos paralelos y la forma sutil en que se combinan hacia el final.
¡EXCELENTE TRABAJO!

9:04 a. m.  

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