Villa y yo
La batalla había comenzado. La ciudad de Torreón rápidamente fue invadida por los hombres de Villa, quienes no dudaron en matar a sus oponentes. El caos era absoluto y los soldados de Huerta caían unos tras otros, defendiendo una lucha que claramente habían perdido. Corrí el rostro y cerré los ojos al contemplar la sangre esparcida en el suelo; el precio de una idea noble, pero difícil de alcanzar. Todo el mundo tenía puestos sus ojos en México y el levantamiento de su gente; pero ver directamente la matanza era aterrador.
La victoria se alzaba para los de la División del Norte y no dudaron en celebrarlo, aún cuando el lugar parecía cementerio. Me alejé confundido y hastiado cuando sentí que una mano se posaba en mi espalda. Al girar, topé con los penetrantes y seguros ojos de Pancho Villa.
- ¿Usted? No creí que tuviera la valentía de venir aquí- me dirigió una sonrisa y observé la imponente figura del líder revolucionario.
- Se equivoca- respondí, avergonzado de la verdad- ¿Cómo puede decir que ganó, viendo en el piso a tantos compatriotas?
- Éste es un combate. No se hacen distinciones en los contrincantes.- Al observar mis titubeos prosiguió - Lucho por el bienestar de mi país, por una igualdad de clases. He decidido quitarle a los ricos lo que ganaron a través de la corrupción y dárselo a los pobres, estableciendo la justicia. ¿No se da cuenta? La libertad está al alcance de mis manos y no dudaré en dársela a mi gente. Ésta es mi lucha y mis principios por lo que si debo morir, lo haré con la frente en alto.
Tomó la bandera de México, la besó y luego la colocó sobre su corazón. Aquél acto me conmovió y olvide rápidamente el paisaje desolador que me rodeaba. Puse mis manos sobre los hombros de Villa intentando aligerarle la carga tan pesada que llevaba a cuestas. Su mirada y la mía se fundieron en un único sentimiento: comprensión.
La victoria se alzaba para los de la División del Norte y no dudaron en celebrarlo, aún cuando el lugar parecía cementerio. Me alejé confundido y hastiado cuando sentí que una mano se posaba en mi espalda. Al girar, topé con los penetrantes y seguros ojos de Pancho Villa.
- ¿Usted? No creí que tuviera la valentía de venir aquí- me dirigió una sonrisa y observé la imponente figura del líder revolucionario.
- Se equivoca- respondí, avergonzado de la verdad- ¿Cómo puede decir que ganó, viendo en el piso a tantos compatriotas?
- Éste es un combate. No se hacen distinciones en los contrincantes.- Al observar mis titubeos prosiguió - Lucho por el bienestar de mi país, por una igualdad de clases. He decidido quitarle a los ricos lo que ganaron a través de la corrupción y dárselo a los pobres, estableciendo la justicia. ¿No se da cuenta? La libertad está al alcance de mis manos y no dudaré en dársela a mi gente. Ésta es mi lucha y mis principios por lo que si debo morir, lo haré con la frente en alto.
Tomó la bandera de México, la besó y luego la colocó sobre su corazón. Aquél acto me conmovió y olvide rápidamente el paisaje desolador que me rodeaba. Puse mis manos sobre los hombros de Villa intentando aligerarle la carga tan pesada que llevaba a cuestas. Su mirada y la mía se fundieron en un único sentimiento: comprensión.
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