Sin mayor preámbulo
Sin mayor preámbulo, los dos desconocidos se fundieron en un abrazo apasionado y desenfrenado, dejando atrás del camino todos los prejuicios que existían entre ellos. Se reconocieron con suaves caricias que pronto se volvieron violentas y desesperadas. Se sonrieron, como los dos infantes que eran, para luego separarse con la misma brusquedad con que se unieron. Para ambos, era su primera vez después de años de esquivarse y rehúsar las acusaciones que se agolpaban en sus labios completamente cerrados.
Sin mayor preámbulo, los dos conocidos decidieron darse la espalda por última vez. Avanzaron cinco pasos y luego volvieron a enfrentase cara a cara, como el regalo final que se le da a un moribundo. Se desearon en silencio, buscando en sus ropas los retazos de fragancia que aún sobrevivían del abrazo. Cerraron sus puños lentamente, buscando quizás las fuerzas necesarias para realizar el atroz acto que estaban a punto de cometer.
Sin mayor preámbulo, los dos amigos cerraron los ojos para apreciar la extraña música de fondo que les servía como una especie de banda sonora. Los gritos, las peleas, la pasión... todo se reducía ahora a unos siempre do, re, mi. Ambos lloraron al traer a su mente viejos recuerdos, aquellos recuerdos felices que ahora sólo parecían viles trampas del destino.
Sin mayor preámbulo, los dos amantes tomaron el lápiz como quien agarra una pistola y, apretando el gatillo, firmaron la carta de su suicidio. Sin darse cuenta, el amor había surgido entre ellos de la misma manera tempestuosa que hace diez años atrás. Pero era demasiado tarde ya...
Sin mayor preámbulo, marido y mujer degustaron de nuevo lo que era la libertad. Sin embargo, su sabor no les pareció agradable... era más bien amargo.
Sin mayor preámbulo, los dos desconocidos rozaron sus manos y se dieron cuenta que aún vivía en sus estómagos aquel dulce néctar que producen las mariposas al revolotear en su interior.
Sin mayor preámbulo, los dos pololos volvieron a caer en la trampa... pero esta vez tomarían precauciones.
Sin mayor preámbulo, sus labios volvieron a abrirse después de siglos de desuso sólo para pronunciar una frase que habían escondido en un diván abandonado hace mucho tiempo: te amo.
Sin mayor preámbulo, los dos ancianos cerraron el albúm de fotografías y se besaron ya más calmadamente, con la paz que sólo los años de impetuoso frenesí pueden cultivar.
Sin mayor preámbulo, los dos conocidos decidieron darse la espalda por última vez. Avanzaron cinco pasos y luego volvieron a enfrentase cara a cara, como el regalo final que se le da a un moribundo. Se desearon en silencio, buscando en sus ropas los retazos de fragancia que aún sobrevivían del abrazo. Cerraron sus puños lentamente, buscando quizás las fuerzas necesarias para realizar el atroz acto que estaban a punto de cometer.
Sin mayor preámbulo, los dos amigos cerraron los ojos para apreciar la extraña música de fondo que les servía como una especie de banda sonora. Los gritos, las peleas, la pasión... todo se reducía ahora a unos siempre do, re, mi. Ambos lloraron al traer a su mente viejos recuerdos, aquellos recuerdos felices que ahora sólo parecían viles trampas del destino.
Sin mayor preámbulo, los dos amantes tomaron el lápiz como quien agarra una pistola y, apretando el gatillo, firmaron la carta de su suicidio. Sin darse cuenta, el amor había surgido entre ellos de la misma manera tempestuosa que hace diez años atrás. Pero era demasiado tarde ya...
Sin mayor preámbulo, marido y mujer degustaron de nuevo lo que era la libertad. Sin embargo, su sabor no les pareció agradable... era más bien amargo.
Sin mayor preámbulo, los dos desconocidos rozaron sus manos y se dieron cuenta que aún vivía en sus estómagos aquel dulce néctar que producen las mariposas al revolotear en su interior.
Sin mayor preámbulo, los dos pololos volvieron a caer en la trampa... pero esta vez tomarían precauciones.
Sin mayor preámbulo, sus labios volvieron a abrirse después de siglos de desuso sólo para pronunciar una frase que habían escondido en un diván abandonado hace mucho tiempo: te amo.
Sin mayor preámbulo, los dos ancianos cerraron el albúm de fotografías y se besaron ya más calmadamente, con la paz que sólo los años de impetuoso frenesí pueden cultivar.
Etiquetas: Mi mundo de imaginación... los personajes de la creación


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