domingo, mayo 25, 2008

Cuántas veces, amor...

Cuántas veces, amor, te amé sin verte y tal vez sin recuerdo,
sin reconocer tu mirada, sin mirarte, centaura,
en regiones contrarias, en un mediodía quemante:
eras sólo el aroma de los cereales que amo.
Tal vez te vi, te supuse al pasar levantando una copa
en Angola, a la luz de la luna de Junio,
o eras tú la cintura de aquella guitarra
que toqué en las tinieblas y sonó como el mar desmedido.
Te amé sin que yo lo supiera, y busqué tu memoria.
En las casas vacías entré con linterna a robar tu retrato.
Pero yo ya sabía cómo era. De pronto
mientras ibas conmigo te toqué y se detuvo mi vida:
frente a mis ojos estabas, reinándome, y reinas.
Como hoguera en los bosques el fuego es tu reino.
Pablo Neruda

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viernes, mayo 16, 2008

Amor imposible

Muy pocos pensaron que aquella pequeña y frágil niñita sería capaz de ser lo que muchos negaron años atrás. Decidió seguir respirando, perseverar por ponerse de pie y dar unos primeros pasitos temblorosos. Buscó algo que aferrarse a tientas, un dios que le brindara el cariño del que tanto carecía...
Conoció e hizo amigos, aunque nadie creyera que poseyera esa habilidad. Por primera vez sintió lo que era ser querida de verdad, con virtudes y defectos. Deseó con fervor que aquella hermosa primavera no terminara jamás, anque aquello fuera una quimera. En el momento de la inevitable separación, atesoró cada uno de los momentos vividos como los recuerdos más preciados de su corta vida.
Poco después, su alegría comenzó a menguar. Ya no reía por los pasillos, no jugaba con el mismo ánimo... dejó de hablar con la familia. No necesitaba palabras para expresar su vacío: mejor rezaría para que el destino le colocara nuevos regalos durante su existencia. Muchos decían que moriría a los diez, pero llegó a unos catorce años mudos valientemente.
Su rutina cambió radicalmente un día martes de septiembre: un muchacho, un tanto brusco y de mal genio, se le acercó con el fin de hacer un trabajo con ella. ¡Qué confusión sintió la joven! Desde aquel hermoso tiempo en su niñez, jamás había vuelto a estar con alguien. Quizás fue por ésto a lo que se debió su primera reacción... llorar, como no lo había hecho desde bebita. El muchacho no sabía qué hacer... creyó haber hecho algo mal. Se sintió morir: había herido los sentimientos de la jovencita que él tanto había amado en secreto desde hace años. Como medio para pagar su pecado, le regaló sus pañuelos desechables y se alejó, apesadumbrado por un encuentro que, finalmente, había sido un total fracaso.
Aquel joven no sabía que la muchacha guardaría su regalo en su altar de felices momentos. No volvieron a hablarse, aunque ya no era necesario. Ambos sabían que se pertenecían, que su amor soportaría, debido a los constantes estremecimientos que sentían cada vez que sus miradas se cruzaban... cada vez que sus cuerpos se rozaban. No podían dejar de pensar en el otro... era como si se conocieran de una vida anterior.
La niñita se convirtió en mujer y el torpe muchacho en un hombre dispuesto a proteger a su amada flor. Se veían cada vez menos, ambos estudiaban para ser profesionales y dejar a sus respectivas familias, soñando formar juntos lazos más fuertes. Ella le entregó su inocente cuerpo... él, le dio su alma hasta el punto en que ambos formaron un Todo.
Cierta noche de diciembre, el hombre llamó a la casa de su enamorada. No la había visto desde el día anterior y aquella separación había sido una tortura. Se dio cuenta de que la necesitaba como el aire para respirar, por lo que había tomado la decisión más importante de todas: le pediría matrimonio. Sin embargo, la voz que escuchó al otro lado del teléfono fue la de su madre, quien no deseaba escucharlo.
- ¡¿Qué es lo que deseas?! ¿es que acaso te quieres llevar a mi niñita? ¡me niego a quedarme sola!
- Por favor, señora, sólo quiero hablar con Milagros...
Era inútil, ya habían colgado. Sentir aquel sonido le produjo una extraña presión en el pecho. Algo malo sucedía y lo sabía. Por primera vez en mucho tiempo, se largó a llorar desconsoladamente y al llevar un pañuelo a sus ojos, no pudo evitar acordarse del primer día en que sus destinos se cruzaron. Deseó jamás haberla soltado, que ambos se quedaran para siempre abrazados como lo hacían por las mañanas al despertarse.
Poco a poco, el joven se fue marchitando. Cada año que pasaba era otra acuchillada a su ya débil corazón. Intentó entrar hasta por la fuerza a la casa de Milagros, pero se habían mudado a otra ciudad. Él decidió esperar... sabía que ella lo volvería a buscar, que no lo abandonaría tan fácilmente. Dejó de salir a la calle, de estudiar y de relacionarse con sus amigos. No le quedaban fuerzas ni siquiera para caminar, por lo que se acostó un día para no levantarse jamás.
Una noche de enero, seis años después de la partida de Milagros, el hombre abrió los ojos y encontró que por fin su amada había vuelto a su lado. Estaba sentada al borde de la cama, mientras lágrimas le inundaban sus ojos. Ella se sorprendió de ver el cómo el pelo de su querido esposo se había teñido de blanco, pese a su juventud. Él se impresionó de que ella estuviera tal cual como la recordaba. Ninguno de los dos se movió: al igual que hace diez años atrás, las palabras sobraban.
- Sabía que vendrías a por mí - Le dijo mientras la besaba.
- Gracias por siempre confiar en mí, Leo. Ahora me toca a mí ayudarte a tí.
Leopoldo sabía que su enamorada había muerto aún antes de terminar el colegio. Sabía que nadie le creería lo que había vivido con una mujer que realmente dejó de existir hace ya varias primaveras. Pero aquello no importaba... la había hecho feliz, y eso era lo que le dejaba conforme.
- ¿Me dejarías verte por última vez antes de cerrar mis ojos para siempre?
- No lo necesitas.- le respondió ella.- Ahora me verás despertar por las mañanas todos los días que le queden al infinito.
Se tomaron de las manos y se durmieron juntos, como tantas otras noches atrás. Tres semanas después, una vecina encontró el cuerpo sin vida de Leopoldo. Estaba intacto, tal cual como aquella madrugada en que Dios respondió a su fervorosas súplicas.
Sonreía.
Amaba.
Y ahora, por fin, vivía.

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