martes, junio 10, 2008

Los Guerreros

Cinco Guerreros salieron de la Zona Desolada, pero sólo tres sobrevivientes cruzaron el puente de Grück, que comunica al Continente Viejo con el Nuevo. Posteriormente, vieron cómo su coraje era puesto a prueba en las turbias aguas del Gran Océano, en donde luego desembarcaron en un extraño puerto desconocido. El paisaje que los recibió allí no era para nada prometedor: los pobladores no eran más que un montón de salvajes sin ley ni educación. Los aborígenes desconocían su descendencia sagrada y sangre milenaria... intentaron infructuosamente, en diez batallas, eliminar a los extranjeros sin resultados.

- ¡Son todos unos bárbaros en el Nuevo Continente! - exclamó el Guerrero Azul - ¡Alguien debería colonizarlos y enseñarles buenas costumbres!

- Creo que nuestro Padre nos ha enviado una misión sin darnos cuenta...- murmuró el Guerrero Rojo.

- ¡Ni siquiera con siglos de educación ellos lograrían alcanzar el nivel de sabiduría del Viejo Continente! - gritó asqueado el Guerrero Blanco.

Ninguno de los Guerreros notó que una mujer los observaba a la distancia. Ella, asombrada por lo que escuchaba, garabateó unas palabras en un trozo de papel invisible a los ojos de los pecadores, arrojándolo en el camino que pronto el grupo sagrado debía recorrer.

Sin embargo, ninguno de los hombres bajó la mirada en el momento en que reanudaron la marcha. Estaban demasiado preocupados pensando en cómo poner en marcha lo más rápido posible su plan: iban a exterminar por completo a aquellos aborígenes del Continente Nuevo, para luego traer a vivir a ese hermoso lugar a las personas de sus respectivas tierras. Nunca volvieron a pensar en los Guerreros caídos... ni volvieron a escuchar la voz de su Padre.

Pasaron tres años de difíciles batallas hasta que vieron logrado su cometido. Ahora, sólo quedaba un pequeño campamento que no dudaron en quemar. Las familias corrieron asustadas mientras veían cómo sus pertenencias, así como sus seres queridos, desaparecían en manos de aquellos hombres en los que habían depositado su única esperanza de sobrevivencia.

- ¡Amados hijos del Dios, no deben continuar! - gritó una mujer a la lejanía.

Los Guerreros, sorpendidos de que alguien conociera su identidad, detuvieron el asalto aunque ya era demasiado tarde: La única persona que quedaba en pie era una pequeña mujer, la misma que los había interpelado hace un momento.

- ¿Quién eres tú mujer? ¿Quién te dijo nuestra identidad? - preguntó consternado el Guerrero Azul

- ¿Es que acaso esta especie de locura que parece haberse apoderado de vosotros les ha hecho olvidar el rostro de su madre?

Ninguno de los hombres pronunció palabra, estaban demasiado sorprendidos como para hablar.

- ¡¿Madre, dices?! ¡Te equivocas! Nuestro santo linaje sólo se encuentra en el Viejo Continente! -exclamó el Guerrero Rojo.

- ¿Tantos años han pasado ya desde que iniciaron su viaje? Ni siquiera me había dado cuenta... el tiempo es tan traicionero.- La mujer sacó con un además suave los cabellos que caían sobre su rostro.- Amores míos, nunca han abandonado su patria.

Los Guerreros por fin reconocieron su pueblo natal, su país al que habían desolado ciegos de ambición y poder. ¿Quién dijo barbarie? ¿Quién de ellos creyó realmente que se habían ido emprendiendo una aventura casi evangelizadora?
Arrepentidos, se arrodillaron.
Arrepentidos, volvieron a llorar y sentir.
Los hombres botaron sus armas y se lanzaron hacia sus Padres.
Sí, habían acabado con todo el mundo...
... Pero también, habían iniciado otro mucho más puro y verdadero.

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