Tregua
La primera vez que se toparon fue en un inmenso teatro lleno de gente. Él bailaba ballet, ella era acomodadora. La mujer no pude ocultar su sorpresa ante la belleza del espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos; el hombre, en cambio, cuando su cuerpo danzaba al son de la música, se sumergía en un trance donde era incapaz de ver algo que no fuera oscuridad. Sus destinos jamás deberían haberse cruzado. Ambos tenían diferencias demasiado profundas, por lo que era poco probable que sus espíritus novatos fueran capaces de conciliarse y crear una tregua. Sin embargo, la acomodadora encontró el que creyó era su salvador; y el bailarín, por su parte, pensó haber ubicado por fin el sentido a su vida.
Luego de finalizar la función, Gabriel se encerró en su camarín a llorar amargamente, tal como lo hacía desde hace cinco años atrás. Deseó con todas sus fuerzas poder desaparecer, alejarse del vértigo, la presión, la falsa admiración y los celos que acarreaban su profesión, y volver a ser el niño de antaño, aquel que se contentaba con las simples cosas de la vida. Es demasiado tarde ya, pensó Gabriel mientras contemplaba el maduro rostro que le devolvía el espejo, debo olvidar el sentimentalismo o seré aplastado por el avance del tiempo. Con una inusitada brusquedad, arrancó las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas y practicó diversas sonrisas, mientras escuchaba a su padre tocar la puerta y llamarlo para recibir los regalos y felicitaciones. Con cierto desgano, que intentó disfrazar con una fingida felicidad, abandonó su camarín y se encaminó hacia la recepción del teatro.
Eva, luego de asegurarse de dejar completamente vacía la sala del Municipal, se dirigió apresuradamente hacia su casa. No obstante, en la recepción habían tantas personas que ella era incapaz de ver a donde iba, por lo que accidentalmente golpeó de frente con la espalda del bailarín, el cual cayó estrepitosamente al suelo. En el momento en que todos corrieron asustados a ayudar, las miradas de Gabriel y Eva se cruzaron fugazmente. El corazón de la mujer se detuvo momentáneamente por la emoción; sin embargo, los ojos del esbelto bailarín demostraron un vacío incapaz de cualquier reconocimiento. Este recipiente hueco no puede ser el mismo hombre apasionado de la función, pensó Eva con tristeza, notando inmediatamente que aún llevaba puesta su placa de acomodadora. Esto es lo que me hace invisible a los ojos de la gente elegante, se dijo a sí misma mientras arrancaba rápidamente la identificación, es por ello que él no me miró a los ojos y se perdió en las sombras del gentío... un hombre de su status nunca se fijará en una muchacha de tercera clase como yo. Algo dentro de la mujer pareció quebrarse, e intentando contener las lágrimas que luchaban por salir, salió corriendo del lugar. Justo en ese momento, Gabriel volvió en sí y levantó el rostro en busca de la persona que lo había chocado. Para su sorpresa, ya no había nadie.
Al día siguiente, Gabriel volvió a su camarín en busca de unos anteojos que había olvidado la noche anterior. Los buscó infructuosamente durante tediosos quince minutos que le parecieron una eternidad. Cansado, se sentó a pensar dónde diablos había dejado por última vez aquel codiciado objeto, dándose cuenta en ese instante de que una nota se encontraba pegada en el espejo de la habitación. Extrañamente sobreexcitado, sacó el papel suavemente y lo leyó como un creyente lee un texto sagrado:
“La distancia que separa al escritor del papel es el mismo que aparta a un bailarín de su público. ¿Es que acaso piensas que puedes engañar a todos los espectadores? ¡Cuánta vanidad! Tu soberbia te ciega y suprime lo más bello que hay dentro de ti. Por ello no eres capaz de ver con claridad que delante de ti se encuentra la única persona que puede ver detrás de tu disfraz. ¿Eres tú acaso capaz de ver detrás del mío?”
Una sonrisa juguetona, que Gabriel creyó extinta, le iluminó el rostro. E, inmediatamente, comenzó a escribir como poseso en el primer papel que encontró cerca. Al terminar, se sintió raramente satisfecho y feliz. Muy pocos momentos los atesoraría de manera tan fuertemente en su memoria, como el instante en que compuso su respuesta.
Su rutinario trabajo condujo bruscamente a la realidad a Eva. Inspeccionó la sala principal y, luego de cerciorarse de que todo estaba normal, se encaminó hacia la pieza de los artistas. Al llegar a los camarines, vio un sobre pegado en la puerta del bailarín. Nerviosa, la abrió con la respiración entrecortada y las manos sudadas:
“Has logrado ver a través de mí como un niño que aprecia los colores de los peces en el fondo del mar. ¿Crees que no seré capaz de reconocerte cuando te vea a los ojos? ¡Incrédula! Deberías comenzar a confiar en los demás y quererte un poco más a ti misma. No sabes la cantidad de sentimientos que se arremolinaron en mi corazón en el momento de recibir tu carta. Te aseguro, por mi vida si es necesario, que la distancia que separa a un creador de su invención no se interpondrá entre nosotros. ¿No escuchas acaso el sonido que hace mi corazón? ¿No será que nuestros latidos cantan en perfecta sincronía?”
Eva soltó una fuerte carcajada. El bailarín se había enamorado perdidamente de una figura que se difuminaba al momento en que su presentación terminaba. ¡La vida podía llegar a ser tan cruel! ¿Quién era ella para jugar con los sentimientos de un hombre solitario y desesperado? Lamentablemente, Eva también había caído en la trampa. Su fascinación por Gabriel residía principalmente en el ardor que él colocaba en cada paso de ballet. Sin embargo, aquella determinación desaparecía en la vida real, convirtiendo al bailarín en un ser indefenso y vulnerable. ¿Qué debía hacer ahora? ¿Seguir con la farsa del amor imposible, o resignarse a la realidad que la vida le había impuesto? Rápidamente escribió una nueva misiva de dos simples palabras (“Te equivocas”), y se sumió en un profundo silencio durante toda la noche.
Dos días más tarde, en las boleterías del Teatro Municipal, Eva encontró una nueva nota:
“Claramente eres tú la que te equivocas. Te he comprado un regalo que asegurará nuestro esperado encuentro. Sinceramente espero que aceptes este presente”.
Desde dentro del sobre, la mujer sacó una entrada para la función de ballet que se realizaría hoy en el teatro. Para su estupor, el asiento guardado para ella se encontraba en la primera fila, en el sitio catalogado como Golden. Evidentemente, aquel hombre la había confundido con otra persona. Díos mío, pensó Eva mientras apretaba con fuerzas sus puños, sólo necesitamos una tregua para seguir adelante.
Esa misma noche, Gabriel estaba demasiado nervioso como para disfrutar de la nueva jornada. Lo único que deseaba era ver el rostro de la mujer en los asientos delanteros, pues sólo así todo se volvería real. Atrás quedarían los hermosos sueños que se opacaban con cada punto final de las notas. Ahora todo sería tangible. Ahora todo tomaría sentido.
Al subir al escenario, el bailarín dirigió inmediatamente su mirada al lugar reservado, esperando encontrar a la persona responsable de su cambio. Sin embargo, el lugar estaba vacío y se encontraba pegada una nota en él. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Por qué ella no se había presentado? ¿Quién de ellos se negaba a deponer la guerra? Bajó la mirada, ocultando una profunda tristeza, mientras la música comenzó a tocar su habitual canción. Pero sus pies no se movieron un centímetro. Para el espanto de los espectadores, Gabriel se retiró del escenario, pidió a una auxiliar que buscara la nota, y se dirigió directamente hacia su camarín. Luego de unos diez minutos de una espera desquiciante, alguien le trajo el sobre:
“Siento decepcionarte, pero me has confundido con alguien que no soy yo. ¿Cómo una mujer de tercera clase podría ubicarse alguna vez con los de primera? ¿Es que acaso quieres que pretenda ser alguien más? Este es el adiós. No fuiste capaz de ver lo que hay detrás de la simple mujer que se presenta ante tus ojos. La identificación que llevo todos los días me ha convertido en una sombra desplazándose dentro de la multitud, una masa informe que tú no fuiste capaz de retener y rescatar. Tu sencillo baile nos une. Tu status social nos separa”.
La tensión se aflojó lentamente, dando paso a un sentimiento de extraña felicidad. Gabriel volvió a leer el escrito y, con lágrimas en los ojos, comenzó a reír con fuertes carcajadas. ¿Cómo iba a ser conciente de la importancia de ser o no ser alguien en la sociedad? En ese momento descubrió que detrás de su casa se escondía una cárcel, y que tras los ropajes del músico se abrigaba un asesino que estaba acabando poco a poco con su vida. ¿Cómo no había visto antes que dentro del disfraz de acomodadora se encontraba la única mujer que él había logrado aceptar luego de la muerte de su madre?
Asombrada por la reacción del bailarín, Eva abandonó su puesto de trabajo y se fue del lugar, avergonzada por ser la causante de que el hombre se sintiera nuevamente desdichado. En el momento en que bajaba las escaleras del gran teatro, una de sus amigas la alcanzó y entregó una nota. Eva, simplemente, no pudo creer lo que leía:
“Yo sé que detrás de aquella frágil mujercita de galería, se encuentra una poderosa y bella flor del Golden. Sin embargo, aquello ya no importa. Al mirarte a los ojos, sólo veo a una muchacha enamorada, y espero que tú también percibas lo mismo en mí. El tiempo nos ha regalado una tregua, donde nuestras diferencias por fin logran conciliarse. Ahora, firma tu intermisión con una sonrisa.”
Eva giró lentamente sobre sus talones, encontrándose con los transparentes y apasionados ojos de Gabriel, quien estiró su mano hacia ella mientras descendía los escalones. Ambos quedaron frente a frente por algunos minutos sin decir nada. Parecía que el tiempo se había detenido.
El famoso bailarín de ballet y la modesta acomodadora se fundieron en un fuerte y caluroso abrazo. Por fin estaban en paz.


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